Últimas Actualizaciones del Evento

Homenaje

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No hay mejor homenaje que aquel que se da entre pares.

Tremendo lo de Lady Gaga en los 58th Grammy Awards para recordar a David Bowie.

#NiUnaMenos

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Hoy fui porque me había agendado la cita del 3 de junio en el corazón y en la mente.

Hoy fui porque estoy en contra de la violencia.

Hoy fui porque no quiero leer ni escuchar más de mujeres golpeadas, torturadas, abusadas y asesinadas.

Hoy fui porque la igualdad entre mujeres y hombres no es tan igual.

Hoy fui porque junto al #NiUnaMenos estuvo el corazón de miles de personas que entendemos que la próxima víctima puede ser tu hermana, tu prima, tu amiga, tu vecina, tu mamá.

Hoy fui porque yo puedo.

Hoy fui porque estoy viva.

#NiUnaMenos
#NiUnaMenos

Gabo

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Conocerte por tus palabras.

Llorarte como un abuelo.

Nos quedan tus libros para recordarte una y otra vez.

Hasta siempre.

 

Tenía las medias puestas, la camisa sin el cuello postizo y los tirantes elásticos de rayas verdes colgando a los lados de la cintura, y le molestaba la sola idea de tener que cambiarse para el entierro. Muy pronto dejó de leer, puso el libro sobre el otro, y empezó a balancearse muy despacio en el mecedor de mimbre, contemplando a través de la pesadumbre las matas de guineo en el pantano del patio, el mango desplumado, las hormigas voladoras de después de la lluvia, el esplendor efímero de otra tarde de menos que se iba para siempre. Había olvidado que una vez tuvo un loro de Paramaribo al que quería como a un ser humano, cuando lo oyó de pronto: “Lorito real”. Lo oyó muy cerca, casi a su lado, y enseguida lo vio en la rama más baja del mango.

— Sinvergüenza — le gritó.

El loro replicó con una voz idéntica:

— Más sinvergüenza serás tú, doctor.

Siguió hablando con él sin perderlo de vista, mientras se puso los botines con mucho cuidado para no espantarlo, y metió los brazos en los tirantes, y bajó al patio todavía enlodado tanteando el suelo con el bastón para no tropezar con los tres escalones de la terraza. El loro no se movió. Estaba tan bajo, que le puso el bastón para que se parara en la empuñadura de plata, como era su costumbre, pero el loro lo esquivó. Saltó a una rama contigua, un poco más alta pero de acceso más fácil, donde estaba apoyada la escalera de la casa desde antes que vinieran los bomberos. El doctor Urbino calculó la altura, y pensó que con subir dos travesaños podía cogerlo. Subió el primero, cantando una canción de cómplice para distraer la atención del animal arisco que repetía las palabras sin la música, pero apartándose en la rama con pasos laterales. Subió el segundo travesaño sin dificultad, agarrado de la escalera con ambas manos, y el loro empezó a repetir la canción completa sin cambiar de lugar. Subió el tercer travesaño, y el cuarto enseguida, pues había calculado mal la altura de la rama, y entonces se aferró a la escalera con la mano izquierda y trató de coger el loro con la derecha.

Digna Pardo, la vieja sirvienta que venía a advertirle que se le estaba haciendo tarde para el entierro, vio de espaldas al hombre subido en la escalera y no podía creer que fuera quien era de no haber sido por las rayas verdes de los tirantes elásticos.

— ¡Santísimo Sacramento! — gritó— . ¡Se va a matar!

El doctor Urbino agarró el loro por el cuello con un suspiro de triunfo: qa y est. Pero lo soltó de inmediato, porque la escalera resbaló bajo sus pies y él se quedó un instante suspendido en el aire, y entonces alcanzó a darse cuenta de que se había muerto sin comunión, sin tiempo para arrepentirse de nada ni despedirse de nadie, a las cuatro y siete minutos de la tarde del domingo de Pentecostés.

Fermina Daza estaba en la cocina probando la sopa para la cena, cuando oyó el grito de horror de Digna Pardo y el alboroto de la servidumbre de la casa y enseguida el del vecindario. Tiró la cuchara de probar y trató de correr como pudo con el peso invencible de su edad, gritando como una loca sin saber todavía lo que pasaba bajo las frondas del mango, y el corazón le saltó en astillas cuando vio a su hombre tendido bocarriba en el lodo, ya muerto en vida, pero resistiéndose todavía un último minuto al coletazo final de la muerte para que ella tuviera tiempo de llegar. Alcanzó a reconocerla en el tumulto a través de las lágrimas del dolor irrepetible de morirse sin ella, y la miró por última vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y más agradecidos que ella no le vio nunca en medio siglo de vida en común, y alcanzó a decirle con el último aliento:

— Sólo Dios sabe cuánto te quise.

Fue una muerte memorable, y no sin razón.

 

Gabriel García Marquez, “El amor en los tiempos del cólera”

First kiss

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Maybe the first kiss is the beginning of a relationship, i like to think about it

http://www.youtube.com/watch?v=IpbDHxCV29A

Elección para pensar

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