Gabriel García Márquez

Gabo

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Conocerte por tus palabras.

Llorarte como un abuelo.

Nos quedan tus libros para recordarte una y otra vez.

Hasta siempre.

 

Tenía las medias puestas, la camisa sin el cuello postizo y los tirantes elásticos de rayas verdes colgando a los lados de la cintura, y le molestaba la sola idea de tener que cambiarse para el entierro. Muy pronto dejó de leer, puso el libro sobre el otro, y empezó a balancearse muy despacio en el mecedor de mimbre, contemplando a través de la pesadumbre las matas de guineo en el pantano del patio, el mango desplumado, las hormigas voladoras de después de la lluvia, el esplendor efímero de otra tarde de menos que se iba para siempre. Había olvidado que una vez tuvo un loro de Paramaribo al que quería como a un ser humano, cuando lo oyó de pronto: “Lorito real”. Lo oyó muy cerca, casi a su lado, y enseguida lo vio en la rama más baja del mango.

— Sinvergüenza — le gritó.

El loro replicó con una voz idéntica:

— Más sinvergüenza serás tú, doctor.

Siguió hablando con él sin perderlo de vista, mientras se puso los botines con mucho cuidado para no espantarlo, y metió los brazos en los tirantes, y bajó al patio todavía enlodado tanteando el suelo con el bastón para no tropezar con los tres escalones de la terraza. El loro no se movió. Estaba tan bajo, que le puso el bastón para que se parara en la empuñadura de plata, como era su costumbre, pero el loro lo esquivó. Saltó a una rama contigua, un poco más alta pero de acceso más fácil, donde estaba apoyada la escalera de la casa desde antes que vinieran los bomberos. El doctor Urbino calculó la altura, y pensó que con subir dos travesaños podía cogerlo. Subió el primero, cantando una canción de cómplice para distraer la atención del animal arisco que repetía las palabras sin la música, pero apartándose en la rama con pasos laterales. Subió el segundo travesaño sin dificultad, agarrado de la escalera con ambas manos, y el loro empezó a repetir la canción completa sin cambiar de lugar. Subió el tercer travesaño, y el cuarto enseguida, pues había calculado mal la altura de la rama, y entonces se aferró a la escalera con la mano izquierda y trató de coger el loro con la derecha.

Digna Pardo, la vieja sirvienta que venía a advertirle que se le estaba haciendo tarde para el entierro, vio de espaldas al hombre subido en la escalera y no podía creer que fuera quien era de no haber sido por las rayas verdes de los tirantes elásticos.

— ¡Santísimo Sacramento! — gritó— . ¡Se va a matar!

El doctor Urbino agarró el loro por el cuello con un suspiro de triunfo: qa y est. Pero lo soltó de inmediato, porque la escalera resbaló bajo sus pies y él se quedó un instante suspendido en el aire, y entonces alcanzó a darse cuenta de que se había muerto sin comunión, sin tiempo para arrepentirse de nada ni despedirse de nadie, a las cuatro y siete minutos de la tarde del domingo de Pentecostés.

Fermina Daza estaba en la cocina probando la sopa para la cena, cuando oyó el grito de horror de Digna Pardo y el alboroto de la servidumbre de la casa y enseguida el del vecindario. Tiró la cuchara de probar y trató de correr como pudo con el peso invencible de su edad, gritando como una loca sin saber todavía lo que pasaba bajo las frondas del mango, y el corazón le saltó en astillas cuando vio a su hombre tendido bocarriba en el lodo, ya muerto en vida, pero resistiéndose todavía un último minuto al coletazo final de la muerte para que ella tuviera tiempo de llegar. Alcanzó a reconocerla en el tumulto a través de las lágrimas del dolor irrepetible de morirse sin ella, y la miró por última vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y más agradecidos que ella no le vio nunca en medio siglo de vida en común, y alcanzó a decirle con el último aliento:

— Sólo Dios sabe cuánto te quise.

Fue una muerte memorable, y no sin razón.

 

Gabriel García Marquez, “El amor en los tiempos del cólera”

Conclusiones literarias 3

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En simultáneo con “Informe sobre ciegos”, una adolescente me presta “Crepúsculo” de Stephanie Meyer.

Éste  libro fue llevado al cine. Película que me negué a ver, dado que comparto con mucha gente, ese gusto por primero leer y después acotar la imaginación con la película.

La historia es de amor, medio raro en mí leer sobre este sentimiento, pero realmente fue atrapante. Los relatos son concisos, suficientemente específicos como para imaginar cada personaje, cada escena, cada detalle, pero sin cansar al lector.

Lo que produjo en mí fue esa magia de sentir lo que los protagonistas sentían. Cada vez que Bella sentía la frialdad de la piel de Edward, podía sentir ese frío imaginario. Las miradas profundas. Las sonrisas cómplices.

No sé si descansa en el mismo nivel que “La sombra del viento” y “El juego del ángel” de Carlos Ruiz Zafón (amerita otra entrada) o “El amor en los tiempos de cólera” de Gabo García Márquez. Pero sí sé que dejé todo por leer como no me sucedía desde 2 libros atrás.

La película todavía no la vi. Primero voy a leer el tomo 2, ya que se estrena dentro de poco. No vi ni siquiera un adelanto. Me niego a borrar a los personajes como me los imagino yo. Prefiero mi imaginación a la elección de un casting. Con Harry Potter me resistía a ponerle la cara de Daniel Radcliffe hasta que poco a poco fue borrando a mi Harry imaginario.

Hace un mes atrás, Barbie confesó en su blog, estar leyendo un libro que no era para su edad y yo se lo deschavé sin vacilaciones. Era éste y aún no lo había leído.

Yo le dedicó una entrada y no me molesta no estar en la edad promedio a la cual apunta el libro.

Hay libros que deberían ser leídos y re-leídos en todas las edades.

Uno no interpreta siempre lo mismo.

Uno cambia, ve las cosas de otro modo, crece.